lunes, 1 de marzo de 2010

Monsieur D.

Se me desgasta la suela del zapato.

Y la toda la culpa la tienes tú. Si no fuera por ti no necesitaría dar vueltas por el Sacré Coeur, subiendo y bajando escaleras. Contando sus dientes, buscando respuestas.

Claro está, tampoco necesitaría cerrar los ojos al ver tu reflejo en ese charco, echar a correr. Acabar lentamente con mi juventud. Suela. Porque ella era mucho más, nunca dejó de serlo, quizás un par de veces, pero entonces eramos muy jóvenes. Ya acabó el tiempo de veraneo, correr hasta el faro, bajar a la cala. Besarla en la frente, a los seis años. En los labios, a los trece. Fundirla en la arena a los dieciséis.
Nunca dejó de serlo, de no ser por ese hijo de puta de Sacha, que aprovechó mi neumonía para seducirla. Para convencerle de que le engañaba. Que no existía tal enfermedad, que lo que pasaba es que no sabía cómo decirle que era parte de mi pasado. ¿Y qué sabrás tú?
En el amor y en la guerra todo vale, dicen. Todo vale para aquellos que han renunciado al honor que le envuelve, para los que con las prisas de huir con el botín, dejan las perlas tras de sí.
Para Sacha Boisson. Hijo-de-puta.

Pero Sacha ya tenía su merecido, Marion le acusó de intentar violarla. Obviamente, nadie se atrevió a cuestionar lo que la pobre chica sollozaba entre sus bucles dorados, rasgado el vestido, entrecortado el llanto por sus convulsiones. Lo planeamos el verano siguiente en la cala, entre caricias y perdones. Qué gran actriz, ésa era mi chica. Conjugarlo en pasado le dejaba un regusto amargo, a despedida, a nuca más. Le hacía perder el equilibrio, estamparse contra el asfalto. Besar su imagen en el agua estancada, esconderla entre volutas de sangre.

Derrotado, decido sentarme en un banco. Quitarme los zapatos. Escupirles la sangre que aún me queda en la boca. Envolverlos en un ejemplar de L' Equipe. Al fin le encuentro una utilidad al fútbol. Rociarlos con un poco de whisky y tirar una cerilla sobre ellos. Quizás no se calcinaran, pero quedaron inservibles, que es lo que buscaba.

Y ahora, ir al pequeño piso de falsa estudiante de Marion. Tocar al timbre, montar un espectáculo delante de los vecinos y romper la cristalera con los zapatos. Gritarle que no le busque más, que vuelva con Sacha, que es una zorra, una grandísima zorra.

Cambia la voz en off. Es femenina, con un toque de resignación. Plano americano de Marion, la vidriera resquebrajada al fondo y Madame Dumain sintiendo la respiración de su gato al lado del ascensor.

Otra vez. Otra vez ese pirado venía a su casa y rompía la vidriera. Ya era la cuarta este mes. Sacha acabará por pegarle un tiro, y bien merecido que se lo tiene. Hacía más de 5 años desde que lo descubrieron espiándoles desde el faro. 5 años desde aquella noche en que la forzó, siempre con buenas palabras, con total sinceridad, haciéndole cuestionarse su propia cordura. Lo peor de todo era ver en su hija esos ojos, esa fría locura cristalizada en dos discos verdes. Rompió a llorar. Madame Dumain le abrazó, el gato se asfixiaba entre ambas, pero poco importaba.

Plano picado. Dos ojos verdes admiran la Luna, que imita la palidez de Marion.

Se desgasta la piel, cuenta los escalones del Sacré Coeur, maldice a Sacha. El whisky cerrará el capítulo de hoy. Mañana buscará sus zapatos, culpará a Sacha, a Marion. Madame Dumain le abrazará. Verá huir a su hijo, descalzo, demente, desnudo.

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